LOLACALZADA

Tienes gracia

Lola Calzada y el telar de Penélope

Recordad que a los dioses nos inventan los hombres. Lo cual resulta francamente humillante.

Maruja Torres "Entre dioses". 2008.

 

Jano, hijo de Apolo y la ninfa Creusa, con su doble rostro --mirando hacia el futuro, con la misma astucia y minuciosidad, con que rastrea el pasado-- estaba irremediablemente condenado --en su mítica existencia-- a habitar el puntual presente, desde el cual activaba su interés por el transcurso del tiempo y de la historia. Al fin y al cabo, en cuanto acogió en sus estados del Lacio al dios Saturno, al ser éste arrojado del cielo, se convirtió en el mejor testimonio metafórico de ese pálpito temporal, de ese insondable reloj gobernante de la vida, que hace que los segundos pasen alternativamente de ser observados por uno de los rostros --que los despide-- a serlo por el otro --que les da la definitiva bienvenida. Tal es el régimen implacable al que se ve sometido la existencia humana, sujeta al yugo del permanente ritmo de la temporalidad. Jano era, pues, en la mitología romana, con sus dos caras, el perfecto conocedor del pasado y del futuro, portando la obligada llave en una mano y una varita protectora de los caminantes en la otra.

Pues bien, he aquí que, desde hace unos años, recurriendo pluralmente a las diversas estrategias que posibilitan las artes pictóricas, una nueva y ambiciosa rememoradora del rey Jano, con su rostro bifronte, mirando alternantemente hacia la historia y hacia el futuro, ha decidido adentrarse, entre nosotros, en esa siempre resbaladiza y zigzagueante calzada del quehacer plástico contemporáneo, para desarrollar su personal itinerario artístico. Sin embargo, conviene subrayar que el hecho de asentar sus prácticas pictóricas en la intensa flagrancia del presente, no mengua lo más mínimo su obsesión por no perder de vista, aunque sólo sea velada y crípticamente, el espejo retrovisor de la historia.

De este modo --a caballo entre la fuerza de los irrenunciables medios de comunicación con los plurales modelos de conducta que nos proponen y entre los ecos del mitológico patrimonio greco-romano-- Dolores Calzada (Burjassot, 1970), como una hodierna Penélope, da vueltas al huso que conserva vivo el repertorio de las imágenes, siempre tan vivas como misteriosas, facilitadas por la historia de los habitantes del Olimpo, para entrelazarlas, una vez puestas al día, con toda una serie de imágenes sacadas de los potentes códigos que los mass media han puesto a nuestro servicio, para mejor ejercer sobre nosotros, reiteradamente, su inmediata acción comunicativa.

Tal es, a fin de cuentas --dicho telegráfica y sintéticamente--, el programa de intervención que Lola Calzada viene ejecutando, pausada e insistentemente, con su enjundiosa poética pictórica, pugnando por abrirse paso y delimitando territorios personales, en medio del panorama de la plástica valenciana contemporánea.

En ese enroque entre historia y presente, al socaire de esa transvisualidad, como categoría plenamente característica y polivalente de nuestra actual coyuntura, se mueven las propuestas plásticas que nos ofrece, en esta muestra expositiva de la Casa de Cultura de Meliana, Lola Calzada, marcándonos, con suma habilidad, el perfil de sus preferencias.

Ya el subtítulo se plantea con esa fuerte bipolaridad que postula abiertamente: "Nuevos dioses, viejos sueños". ¿no querrá, de alguna manera, jugar también a la apuesta inversa, refiriéndose oblicuamente a una posible inversión: "Viejos dioses, nuevos sueños"? Tanto monta, pues, ya que ambos subterfugios apuntan hacia idénticos objetivos. No en vano, el pasado viaja, más de lo que nosotros creemos, sujeto a distintas codificaciones, en nuestras mochilas culturales del presente.

Pero todo ello, no deja de subsumirse además, tras el título mismo, apelativamente formulado, en un tú a tú, dirigido por igual al espectador y a la memoria que el propio lenguaje soporta, retiene e incorpora: Tienes gracia. Expresión ésta que bien merece una más detenida relectura, en este puente / cruce de miradas entre el pasado y el desarrollo del presente, que sólo piensa resolutivamente en el futuro inmediato, hecho urgencias y posibilidades, en el que pueda seguir consolidándose la aventura personal del arte.

Los términos charis para los griegos y gratia para los latinos hacían amplia referencia a nuestros actuales conceptos de gracia, atractivo, encanto, belleza o elegancia, pero también cobijaban expresiones donde aparecían términos como benevolencia, favor, merced, don o gratificación. De ahí que a "tener gracia", "ser gracioso", "hallarse en estado de gracia", "gratificar a alguien" o "ser gratificante", en sentido estético y moral, posean un alcance muy particular en el tratamiento pictórico de estas nuevas mitologías, que Lola Calzada se ha propuesto desarrollar.

Incluso, en la historia de las ideas, se marcaron sólidas diferencias entre el concepto de belleza entendido como kalós o como charis. Si el primero apelaba a la belleza nacida de la proporción, de la geometría y el cálculo normativo y minucioso (espíritu algebraico), el segundo sentido apuntaba, más bien, a la simpatía, a la delicadeza y la elegancia, a la gracilidad y la sutileza (espíritu de fineza). Era así cómo Apolo y Dionisos podían camuflar sus influencias respectivas entre los humanos.

Los dioses repartían gracias, bellezas y perfecciones, mezclando sus aventuras y desventuras entre los humanos. Y ahí han quedado sus poderes, más allá del lenguaje, sustantivados en imágenes, recordados como modelos, encarnando deseos, en nuestra memoria colectiva y, sobre todo, en nuestra imaginación. Nuevos dioses, viejos sueños que retornan, una y otra vez, ahora a través de los nuevos medios de comunicación.

Tenemos nuevos mitos que habitan en nuestro entorno, que nos vigilan desde las revistas y las vallas, desde las pantallasy las paredes, dentro y fuera de nuestras casas. Son ellos quienes nos reiteran fábulas y relatos, historias y fragmentos de hiperrealidad. Y de ese activo repertorio de imágenes arranca asimismo Lola Calzada, huso y rueca en mano, a la manera de Penélope, para rememorar sutilmente un posible encuentro entre el hoy, tan activo e inmediato, y el ayer rememorado en las lejanas mitologías. Jano de nuevo acecha, llave en mano, para abrir una u otra cerradura, entrelazando imágenes, mitos, modelos, lenguajes y códigos. Todo un reto, sin duda.

Y ahí tenemos el resultado --en las propuestas plásticas de Lola Calzada-- de ese esfuerzo de barajar, comedida y cautelarmente, distintas claves compositivas, a través de las cuales, la publicidad, la tipografía, el diseño gráfico o el dibujo, van solapándose, en capas y estratos visuales superpuestos, en complejas amalgamas, donde imágenes y textos dialogan entre sí, en el seno mismo de la pintura, sometida, con total evidencia, al principio collage, como estrategia definitoria de su quehacer.

Los personajes-modelos de nuestros actuales comportamientos habitan la tierra prometida de los mass media, al igual que los dioses-modelos de nuestra lejana clasicidad habitaban su elevado Olimpo, a pesar de que bajaban, con determinadas intermitencias, a la tierra, para confraternizar con los humanos. También nuestros modelos contemporáneos, pletóricos de glamour, se acercan, de vez en cuando, más a las cámaras o pasan fugaces por nuestros escenarios y platós, para que podamos recordar mejor su epidermis y oír sus voces susurrantes o chillonas, ya que sus respectivas hazañas las conocemos hasta la saciedad, por reiteradas.

A ese universo personal y social, a ese lenguaje gráfico de publicaciones dispares ha querido aproximarse Lola Calzada y arrancar de él en la estructuración de sus recientes trabajos. Todos ellos acaparan distintos niveles de lectura. Incluso podríamos permanecer exclusivamente prendidos a la superficie visual, atractivamente compensada, equilibradamente concebida, formalmente muy cuidada. Pero siempre habrá un más allá, en esa aproximación lectora, con una serie de guiños lanzados al espectador, sin violentarle, que permanecen a la espera, carentes de urgencias, pero presentes.

Sin duda, encontraremos mil referencias, en esta serie pictórica --Tienes gracia-- que ahora se nos muestra, tomadas de nuestro entorno inmediato: una conocida tipografía, unas frases apuntadas que aproximan o preanuncian el título, figuras entregadas a su respectiva acción, yuxtaposiciones compositivas, todas ellas, que refuerzan o contraponen ideas, amén de escenarios parcelados en paralelo y/o presentados a diferentes niveles, que dan paso, de este modo, a la irrupción de la temporalidad narrativa en medio de las obras.

Tanto sus acrílicos y óleo sobre lienzo, como sus técnicas mixtas y collage sobre papel obedecen claramente a los mismos principios. Ya los hemos citado, de pasada. Se trata, por un lado, del principio de la transvisualidad, que juega con textos e imágenes, que baraja imágenes plurales, extraídas de repertorios diferentes, que apelan a nuestros particulares museos imaginarios tanto como a la memoria colectiva. Pero también prevalece claramente el principio collage, con sus diferentes estrategias compositivas. Todo, sobre la superficie pictórica, se halla democráticamente abierto a nuestra mirada y a nuestro recorrido. Gracias a una especie de inmediata arqueología, ejercitada en el presente, con la ayuda de Jano, es posible dominar la historia y jugar a la adivinación del futuro, que supone apostar radicalmente por el presente. Llave investigadora y varita de protección. Amuleto y fetiche, a portado a nuestras lecturas.

Es así como Hermes (dios del comercio, de los ladrones y de cuantos se dedican a las artes liberales) disimula su presencia en Con lo puesto, como un corredor más de esta acelerada existencia, con el que nos cruzamos, sin saberlo, en nuestras ciudades cotidianamente. ¿O somos acaso nosotros los que corremos, a su lado, por el cauce seco de un río sin nombre --entre burócratas, manipuladores, vividores y mentirosos-- mensajeros de nuestros propios deseos e idealizaciones, para alcanzar o mantener un peso ideal, vigilantes de nuestras limitaciones y riesgos?

Mientras, en Me quedo corto, es ya otro el planteamiento. Artemisa (diosa de la caza, de la actividad ágil y del ejercicio, inaccesible al amor) es claramente la protagonista de la escena, aunque haya cambado el carcaj y las flechas por el rastrillo, en medio de la ciudad. Sin duda, el tema de la autonomía, poder e independencia de la mujer aflora claramente en la composición, en pugna con la tradicional inversión de valores que la historia nos ha legado. Sutilmente activado, el guiño hacia la figura de la diosa cazadora quiere resolutivamente establecer el alcance de nuevos ideales y nuevos planteamientos existenciales. "¡Si yo tuviera un rastrillo!" Podría ser el estribillo de esta plástica melodía que de manera ingeniosa se nos ofrece pictóricamente sobre el lienzo.

Es así cómo van desfilando los dioses y los héroes de la mitología greco-romana, como secreta y eficaz barandilla narrativa, por sus distintos cuadros, catalizando en su alrededor "otras" historias actuales, reforzando sus sentidos y contrastando su alcance. Los viejos sueños se encarnan en nuevos dioses.

De esta forma Marte / Ares (dios de la guerra, personificando el tumulto, la lucha y la violencia desatada) no podía permanecer ajeno a esta coyuntura presente. Quizás la armadura y la lanza han cambiado, disimuladas secretamente, para mejor sorprender a quienes confiadamente aún dudan ideológicamente entre el amor y la guerra, entre el riesgo y la entrega. Tampoco Circe, le hechicera, hija del día y de la noche, seductora de los humanos, con sus tretas melodiosas, falta en este repertorio de deidades involucradas directamente con los humanos, transformadas en sirenas amenazantes y sensuales, que pueblan las pintura de Lola Calzada. O el propio Minotauro, monstruo, hombre-toro, encerrado por Minos en el laberinto, entre las aventuras de Teseo y Ariadna, también tiene cabida en esta serie, pero en tal caso, se ha aplicado una nueva vuelta de tuerca al mito clásico. La transformación ha hecho mella en el propio Minotauro, que deviene muje r, tergiversando así radicalmente la historia y actualizando su alcance, transgredido en profundidad.

¿Para qué seguir facilitando nuevas pistas a los lectores / espectadores, si de lo que se trata es de tomar parte personalmente en esta búsqueda de sentidos, como en un enigmático rompecabezas --marca Jano-- que se presenta al recién llegado, sin vademecum, para que active y ejercite su capacidad de observación, memoria y comprensión, frente a las obras?

En ese juego estratégico --establecido entre los valores sensibles, visuales y formales, abiertos a los valores vitales y de contextualización-- el visitante tiene ante sí toda una tarea a desempeñar. Se trata de rastrear el guiño clásico y traducirlo a las actuales circunstancias, donde los viejos dioses vuelven a encarnar nuevos sueños --quizás los nuestros--, revestidos ya con otros lenguajes y refigurados a partir de otros códigos constructivos. Tal es el reto: lograrlo sin dejar de "tener gracia", es decir ejercitando la sutileza, el contraste sumamente controlado, la ironía y la elegante persuasión.

Nunca como en la actualidad podemos afirmar con más sentido que la creatividad cruza una y otra vez por el dominio de las recuperaciones y las relecturas, por las zonas nómadas de los contextos y las transformaciones lingüísticas, de los intercambios y los cruces plurales entre los textos y las imágenes. Lola Calzada, nuestra Penélope, lo sabe bien.

El arte necesita también profundamente de las palabras. Textos e imágenes, escritos y representaciones unen estrechamente sus destinos. Sólo así los unos brotan de las otras o, a la inversa, éstas ayudan a generar a aquéllos. Merece la pena recordar que los griegos, nuestros ancestros, utilizaban, curiosamente, el verbo "grafein" tanto para referirse a la escritura, al hecho concreto de escribir, como también al proceso de la representación dibujística. ¡Qué magnífica lección encierra, pues, esa dualidad etimológica! Tras los signos gráficos se expanden las imágenes, como también tras las imágenes habitan secretamente las palabras. ¡Tiene gracia!

Por eso hoy, en la coyuntura de la máxima interdisciplinaridad, las transvisualidades y los collages, las diásporas visuales y los planteamientos nómadas siguen flotando --como categorías explicativas y recursos lingüísticos plenamente actuales-- en la superficie mansa o alborotada, según los casos, del siempre polémico arte contemporáneo, siempre azuzado por la búsqueda de nuevos dioses y el logro de viejos sueños.

Román de la Calle
--Director del MuVIM--